Kiko Argüello no es solo un pintor: es un hombre a quien el Espíritu Santo le ha concedido el carisma de guiar a multitud de hermanos perdidos y afligidos de vuelta al seno de la Trinidad, por ese camino que los convierte en humildes catecúmenos, capaces de maravillarse de nuevo al escuchar la Buena Nueva.
No soy historiador del arte ni, obviamente, experto en iconos. Pero de lo que sí puedo hablar es de lo que viví cuando, de forma anónima (y el párroco, el padre Antonio Tagliaferri, me perdonará), confundido entre muchos otros, visité la Iglesia de la Santísima Trinidad, atraído por el gran ciclo pictórico.


