viernes, 10 de diciembre de 2021

'Es el Camino Neocatecumenal un don que el Espíritu Santo ha hecho a la Iglesia en el postconcilio' Cardenal Antonio Cañizares

En 2012 fue publicado el libro de 'El Kerygma. En las chabolas con los pobres' , escrito por Kiko Argüello y que recoge de su propia mano la experiencia de conversión y vivencia en las barracas de Palomeras de Madrid que dio inicio al Camino Neocatecumenal y luego el anuncio del Kerygma, la Buena Noticia de la Salvación, que durante tantos años, y junto con Carmen Hernández, ha predicado por todo el mundo en innumerables ocasiones. 

El prólogo al libro fue escrito por el Cardenal español Mons. Antonio Cañizares, siendo en ese momento Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y disciplina de los Sacramentos, donde indicaba: 'Este libro es un verdadero regalo de Dios, que nos anima y alienta en la fe, disipa temores y miedos y nos llena de coraje' y añadía: 'Es el Camino Neocatecumenal un don que el Espíritu Santo ha hecho a la Iglesia en el postconcilio'. También el Cardenal Schönborn, Arzobispo de Viena, y que ayudó en todo el proceso Estatutario, quiso escribir un comentario teológico al respecto: 'En esta catequesis está condensado, de manera impresionante, el entero anuncio del Evangelio'.

A continuación publicamos el texto completo del Prólogo por su importancia y singularidad con la reflexión que hace sobre el Camino Neocatecumenal.


El Cardenal Cañizares preside una Eucaristía en el centro internacional de Porto San  Giorgio (italia)


En los umbrales del Año de la Fe y del Sínodo de los Obispos sobre la transmisión de la fe, o si queremos, sobre una urgente, apremiante y nueva evangelización, se nos ofrece este pequeño libro, verdadero regalo de Dios, que nos anima y alienta en la fe, disipa temores y miedos y nos llena de coraje para seguir su anuncio —kerigma— y salir a donde están los hombres para ser, ante ellos, testigos valientes y anunciadores convencidos del Evangelio. Es de esos libros que, en su brevedad, contienen gran enjundia y sustancia, y que merecen ser leídos; el libro no deja indiferente; uno se siente agarrado e interpelado en su lectura; provoca, mueve y remueve. 

Casi acabaría la presentación aquí mismo y me sentiría tentado a hacer de guía mudo, limitarme a señalar con el dedo, como el mudo: ahí está. Pero no me puedo resignar a ello, siendo así que este libro ofrece y recoge algo tan vivo y vital como es el anuncio del kerigma tal y como fue pronunciado directamente en su momento, con toda la fuerza y el ardor por quien siente en el corazón el Evangelio como fuego, por Kiko Argüello, fundador e iniciador del Camino Neocatecumenal: un hombre apasionado por Cristo y por darlo a conocer a todas las gentes, para que se conviertan y sigan a Jesús. 

Leyendo y releyendo, escuchando una y otra vez en vivo y como palabra viva este libro, siento, como peso contrario, la debilidad actual en el anuncio del Evangelio que los hombres demandan como la tierra reseca demanda el agua. Es importante que, desde la sinceridad y la humildad, reconozcamos esa debilidad y fragilidad de nuestra fe. Creo que es el camino para ponernos en movimiento y renovarnos. Necesitamos esa renovación profunda; necesitamos que nuestra experiencia de Dios y Jesucristo se fortalezca para anunciar el Evangelio; necesitamos acoger de nuevo el Evangelio de Jesucristo, que se haga vida en nosotros, que vivamos de él, como el justo vive de la fe. De esta manera, y sólo así, evangelizaremos, atraeremos a los no creyentes y alejados. 

El mundo necesita el Evangelio. Necesita a Jesucristo. No podemos quedarnos impasibles ante esta necesidad: la mayor de todas. Esta necesidad, no consciente siquiera pero real, nos llega como clamor, no formulado tal vez, de los que se han alejado de la fe, de los que no creen, de los que padecen la quiebra de humanidad o el vacío del sinsentido, de los que sufren el desamor, injusticia u olvido de los hombres que pasan de largo ante sus propias necesidades y lamentos. Un clamor y petición que nos grita a nosotros, los cristianos, aunque seamos flojos: ¡Ayudadnos! Vivimos tiempos recios. Fácilmente nos lamentamos de ellos. Con una naturalidad pasmosa buscamos culpables o creemos que nada puede hacerse por cambiar la situación difícil, muy difícil, que atravesamos. Vivimos una sociedad típicamente pagana. Lo que en estos momentos está en juego es la manera de entender la vida, con Dios o sin Dios, con esperanza de vida eterna o sin más horizonte que los bienes del mundo, con una moral objetiva, sólida y válida para todos o con la afirmación soberana de la propia libertad como norma absoluta de comportamiento hasta donde permitan las reglas externas de juego. Y esto es muy importante. No da lo mismo una cosa que otra. Este es el reto para nosotros los cristianos: que los hombres entiendan y vivan la vida con Dios, con Jesucristo y con esperanza en la vida eterma; que los hombres crean en Jesucristo, le sigan y alcancen con Él la felicidad, la verdad que nos hace libres, el amor que nos hace hermanos. Los cristianos no somos meros espectadores. No nos podemos cruzar de brazos, ni silenciar lo que hemos recibido, ni dejar morir la inmensa riqueza, el preciado y precioso «tesoro» único del Evangelio. Nos sentimos urgidos a evangelizar. No podemos callar. Pero sólo podemos hablar si creemos: «Creía, por eso hablé». Hay que volver a comenzar. Hay que volver a evangelizar. Hay que vivir y anunciar el Evangelio en su realidad más radical y original y en sus contenidos fundamentales, y llamar a la conversión. 

Anunciar el Evangelio, como si nunca lo hubieran escuchado, en nuestras casas y hogares, a nuestros vecinos, a las personas con las que tratamos y convivimos, con los que trabajamos o compartimos tareas e ilusiones. Como en los primeros tiempos. Como si fuese la primera vez que se anuncia a Jesucristo en el interior de un pueblo¸con toda su fuerza de novedad y escándalo y con todo su inigualable atractivo; sin complejos, ni temores, con sencillez ilusionada y entusiasmo vigoroso; con audacia apostólica; con inmenso amor hacia todos. Y ese anuncio, desde la experiencia gozosa de fe que nos transforma desde dentro y nos hace vivir con una entera confianza y esperanza en Dios que nos ama. Vivimos un ambiente pagano, sin paliativo de ningún tipo, que también nos toca a los mismos bautizados —tal vez más de lo que nos parece—. Tenemos que aprender a vivir como cristianos en ese ambiente, siendo levadura en la masa, como el alma en el cuerpo, dando vida y aliento, fermentando nuestro mundo. 

Y vivir como cristianos con todas las consecuencias es vivir a fondo la autenticidad del Evangelio, dar testimonio de él, anunciarlo, ser lo que el alma al cuerpo. Esta debería ser nuestra respuesta ante la escasez de anuncio evangelizador de nuestra Iglesia a los que no creen o se han alejado de la fe. Con la ayuda de Dios esto es posible. 

Él mismo, en nuestro tiempo, suscita personas que «con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones» llevan el Evangelio a las gentes, como hacen el autor de este libro, Kiko Argüello, y el Camino Neocatecumenal que él impulsa y promueve, y que la misma Iglesia aprueba y alienta. Es el Camino Neocatecumenal un don que el Espíritu Santo ha hecho a la Iglesia en el postconcilio, como vía o itinerario para la iniciación o reiniciación cristiana, y como instrumento para impulsar una nueva y vigorosa evangelización. 

Damos gracias a Dios por las grandes maravillas que Él viene obrando a favor de su Iglesia y de la humanidad a través de este Camino, por las grandes bendiciones y frutos que por medio y a través de este Camino está derramando a favor de su pueblo: frutos de conversión, de vida cristiana, de vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada y a la acción misionera de la Iglesia; frutos, asimismo, de caridad, de vida conforme a las bienaventuranzas, de entrega generosa, de familias renovadas y abiertas a la vida… 

Gracias a Dios por este libro, que de alguna manera también muestra y refleja el rostro del Camino Neocatecumenal en uno de sus elementos básicos: el del anuncio del kerigma para la conversión Y gracias a su autor, que a través de sus páginas habla a cada uno de los lectores con toda la fuerza y frescor del Evangelio para que, abiertos sus oídos a la Palabra, lo acojan y lo sigan, sin temor, y con toda la alegría de quien ha encontrado un inmenso tesoro.


CARDENAL MONS. ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA

Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos  

2012


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